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¿Cómo ayudar a tu hijo a manejar la frustración?

Manejar la frustración de los hijos es una situación a la que deben enfrentarse día a día los padres en casi todos los contextos de la vida

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¿Cómo ayudar a tu hijo a manejar la frustración?

Autor: Brigitte Suarez Jimenez, profesional de Maestrik


Manejar la frustración de los hijos es una situación a la que deben enfrentarse día a día los padres en casi todos los contextos de la vida (escolar, familiar, social y personal).

¿Qué padre o madre no recuerda o ha presenciado escenas de llantos y pataletas en el centro comercial? (con los más pequeños), ¿Qué padre o madre no se encuentra preocupado por las reacciones de sus hijos cuando no hay internet? (con los más grandes). Pues bien, todo ello hace parte de un gran universo en el mundo de la educación infantil y sobre todo de la educación emocional que nos lleva la gran tarea de enfrentar, asimilar y ayudarles a transitar de la mejor forma hasta que obtengan los aprendizajes esperados.

Me gustaría iniciar explicando un poco qué es esto de la frustración y por qué hoy día parece algo nuevo o salido de contexto ya que muchos padres se sentirán en ocasiones ansiosos al ver que sus hijos desbordan sus demandas y pareciera que nada les satisface.

En principio, la frustración es una respuesta emocional o sentimiento normal, adaptativo y pasajero, estimando que cada individuo tiene ciertos procesos particulares que pueden hacer que lleve más o menos tiempo. Esta reacción viene de la mano con una de las emociones primarias que es la rabia (ira) y su función adaptativa es satisfacer un deseo, una necesidad o un impulso, además de entender el entorno que nos rodea y poder reaccionar de una forma u otra ante él. En el evento en que ese tipo de necesidades o deseos no puedan ser satisfechas, se desencadenan estados emocionales en función de la rabia, de la ansiedad y casi en la mayoría de los casos se presenta como una disforia (emoción desagradable que causa irritabilidad e inquietud).

Ahora bien, entendiendo que es un proceso natural, es importante también comprender que los niños y niñas en sus edades más prematuras en el caso de la primera infancia son por naturaleza egocéntricos y deben atravesar un sin número de situaciones que los lleve a comprender que no siempre el mundo ha de girar en torno de ellos. Así, con la práctica de dichas situaciones, comprenderán que habrá cosas que simplemente no podrán obtener. Este proceso es una etapa compleja tanto para los padres como para los niño/as que la experimentan. Así que los invito a no perder la calma.

Otro aspecto clave a tener en cuenta es que los niños y niñas en sus etapas de vida inicial no tienen la suficiente madurez física (entendiendo el desarrollo de su lóbulo prefrontal aún inmaduro) y madurez emocional (por lo anterior no poseen habilidades de regulación emocional). Esto, junto con la respuesta adaptativa y primitiva del deseo de conseguir algo hacen de esa etapa de vida, una tarea ardua para los padres, que además de la educación emocional de sus hijos deben lidiar con otros aspectos de la vida como el trabajo, la economía, entre otros.

Es por esto por lo que, junto a mi anterior consejo de no perder la calma, está el de ponernos un poco en los zapatos de nuestros hijos, entendiendo que gran parte de eso que percibimos como negativo en su comportamiento es tan solo fruto de su naturaleza humana en proceso de adaptación al mundo al que se enfrentan a diario. Un mundo cambiante cada vez más consumista, cada vez más demandante y que amenaza con relegarnos si no nos encontramos a su ritmo.

Pero por ser un proceso natural y adaptativo, no quiere decir que como padres no podamos hacer nada. Por el contrario, es el momento en que más ímpetu debemos tener para ayudar a nuestros hijos a generar buenas y cada vez mejores conexiones con el mundo tanto externo como interno.

Entonces, en primera medida, los padres de niños y niñas muy pequeños (0 a 6 años) podrán iniciar con generar intermitencias en la satisfacción de las demandas de sus pequeños. Es decir, no salir siempre y a toda hora corriendo a atender su llanto a la primera (es duro en principio) pero será de vital importancia para ellos entender que no siempre cuando lloren (por hambre, frío, afecto u algo físico que deseen) lo van a obtener. Un ejercicio será el atender unas veces sí de manera inmediata y otras no tanto, esta intermitencia les enseñará que en algunas ocasiones deberán esperar un poco (retrasar la gratificación de obtener lo deseado), y el acto de esperar, queridos padres, será el pilar del manejo de la frustración.

Lo mismo sucederá con los niños un poco más grandes (6 a 12 años), con ellos ya podremos verbalizar que no siempre podemos atender sus requerimientos a la primera y de la misma manera se invita a que lo hagan de manera intermitente. La diferencia con las edades anteriores es que es un tanto más fácil explicarles el por qué no siempre sus demandas serán atendidas y con amor y mucha paciencia ellos lo irán aceptando. Adicional, se necesita que se evite la sobreprotección y el exceso de permisividad, enseñarles que el fracaso no siempre es negativo y que podemos sacar provecho de esos casos. Aquí podemos jugar en parte con los sistemas de recompensas, pero mucho cuidado con ello. Si no se sabe utilizar, se convertirá en arma de doble filo y puede ser mal interpretado, terminando en una falla aún más grave que la misma frustración.

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Ya para los padres de los más grandes (adolescentes y jóvenes), que aún tengan dificultades en el manejo de la frustración, será necesario empezar con pasos pequeños. Dado que si a esta edad aún no muestran indicios de tolerancia es por que de mas chicos no se hicieron las cosas bien. Por tanto, aunque estén más grandes físicamente, tendrán que iniciar el proceso casi como si fueran pequeños.

En el caso de los jóvenes y adolescentes será de gran beneficio para ellos ayudarlos a comprender que no tenemos el control de todo y que habrá cosas que por más que queramos no podremos cambiar y será necesario experimentar malestar para trascender en el aprendizaje. También es importante hacerlos entender que por más difíciles que les parezcan sus situaciones, siempre habrá algo mucho más difícil que eso y que sus frustraciones no serán el fin del mundo, todo lo contrario, será una oportunidad de superación. De la misma manera, será de vital importancia que se enseñe poco a poco al joven a establecer sus deseos y metas a un plazo más amplio; es decir, a regular la necesidad de inmediatez, ayudándolos en el establecimiento de estas, pero dejando que atraviesen el proceso solos, haciendo ellos todo el esfuerzo en conseguir lo que desean.

Ahora bien, es importante armarse de paciencia y entender las diferentes circunstancias que viven nuestros hijos, así como guiarlos en la comprensión de estas, siendo menester de los padres no juzgar e iniciar en ellos un proceso de regulación emocional que les permita enfocar o dirigir sus conductas, emociones y pensamientos de manera asertiva a través de las diversas situaciones de la vida cotidiana.

Por otro lado, será igualmente importante acompañarlos en todas las etapas de la vida. Desde los más chicos a los más grandes y permitirles que se equivoquen estando ahí para brindar apoyo cuando sea necesario. Muchos padres, madres o cuidadores tenemos miedo de que se lastimen, de que sufran o de que puedan pasar por situaciones inadecuadas, pero solo la experiencia le permitirá a gran parte de ellos tener un aprendizaje significativo que más adelante se relacionará con la tolerancia a la frustración.

Recuerden, si no nos equivocamos, no hay frustración y si no nos frustramos, no hay “Tolerancia a la frustración” y si no hay tolerancia a la frustración, tendremos personas con dificultades de conducta, con fallas en su regulación emocional (tristeza extrema, retraimiento, ira, etc.), personas impulsivas, exigentes e impacientes, con serios problemas sociales, personas con tendencia a la depresión o a la ansiedad, socialmente insatisfechas, manipuladores, etc.

Recordemos que, aunque el proceso de tolerancia a la frustración debe consolidarse en las etapas iniciales de la vida, nunca será tarde. Para ello debemos como padres siempre ser el ejemplo, ser nosotros capaces de lidiar con nuestras propias cargas, mostrar que a pesar de fallar (como humanos que somos) podemos aprender de ello y mejorar cada día. De ser necesario, invito a los padres, madres o cuidadores a que acudan con un especialista que siempre dará un apoyo adicional en la consolidación de conductas positivas, adaptativas y asertivas tanto a los hijos como a las familias mismas.


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